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¿Vale la pena hacer girar la vida entorno a los bienes materiales?


XVIII domingo del tiempo ordinario

¡Qué peligrosos son los bienes materiales! Dios nos los dio para que nos sirviéramos de ellos, pero a veces nos absorben tanto que terminamos consagrándoles nuestra vida. Por eso nos recuerda el libro de la sabiduría, “breve es la vida del hombre sobre la tierra, y la mayor parte de ella se pasa entre dolores y fatigas…”, en el mayor de los casos se puede reunir una gran fortuna, que se dejará pronto a otros. ¿A qué se reducen tantos esfuerzos y fatigas, si no se lleva consigo lo que se obtiene? En definitiva, “todas las cosas, absolutamente todas, son vana ilusión” (Ecl. 1.2).

La vida del hombre, nos recuerda Jesús, “no depende de la abundancia de los bienes que posea”, pues no fuimos hechos para lo material, para lo que no trasciende, sino para lo eterno, lo que da plenitud, lo que nos permite ver y esperar más allá del tiempo. Enfocar el corazón hacia los bienes materiales, es una desgracia, como sucedió con el rico agricultor del evangelio, que ante la abundancia de su cosecha se dijo: “Ya tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y date a la buena vida”, pero no se esperaba que el Señor le dijera: “¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?” No en vano, Jesús, advertirá tanto los riesgos de lo material, con frases como: “Dichosos los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielo”, “qué difícil va ser que un rico se salve”, “Martha, Martha, muchas cosas te inquieta, siendo que una sola es necesaria”.

¿En realidad, valdrá la pena un ideal de vida sustentado en la acumulación de riqueza? No olvidemos, fuimos hechos para amar, pero al amor hay que ponerle metas y direcciones, sabiendo que el amor marca el rumbo y el alcance de nuestra vida. En ese sentido, si la meta del amor es algo inferior a nosotros, el corazón tiende hacia abajo y se empobrece; en cambio cuando se ama algo superior, entonces el corazón crece. Simplemente, lo material materializa, mientras que lo noble ennoblece.

Hay dos tipos de saciedades para las cuales se puede vivir: La de los bienes materiales, que encierra las cosas, el dinero, los placeres, los lujos, etc., y la de los bienes espirituales que tiene como eje el amor a las personas humanas y a Dios. En el primer caso lo que hace el hombre es buscarse a sí mismo, pero termina muchas veces perdiéndose, pues lo material cansa, crea fatigas, sofoca el corazón. Cuando el eje de vida es lo material, pasando a segundo plano valores como la convivencia familiar, las relaciones de amistad, la caridad y en general el crecimiento espiritual, entonces la persona se acostumbra a echar cuantas solo para sí mismo; olvidando que no es dueño absoluto de su vida, pues no puede prolongarla a su gusto. Se vuelve incapaz de advertir que Dios es nuestro origen y nuestra meta.

San Pablo, desde la sabiduría de Dios, nos insiste: “Busquen los bienes de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios. Pongan todo el corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra (Col. 3, 1.2). La propuesta de San Pablo desde luego no significa privarnos de los bienes materiales, pero sí es ponerles orden para que no nos enfermen, como sucede de continuo cuando engendran envidia y avaricia, de lo cual surgen odios, divisiones, muertes y tantas desgracias.

La vida es un don de Dios y para llevarla dignamente, además de los bienes más sublimes, el mismo Dios nos dio también los bienes materiales. Usarlos mal, no solo nos empequeñece en el curso de esta historia, sino que además nos pone en riesgo de perder la dimensión más alta y sublime de nuestra vida: la dicha de la eternidad.

Pbro. Carlos Sandoval Rangel
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1 comentarios:

  1. grasias por esta homilia tan llena de sabiduria le queremos pedir un favor ponerla un dia antes nos gustan sus palabras para gloria y honra y honor de nuestro señor jesucristo que dios lo bendiga amen

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