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Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio: Domingo Mundial de las Misiones


Domingo mundial de las misiones

Celebramos el domingo mundial de las misiones, en el cual recordamos la especial tarea que Cristo nos dejó: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio”; aclamación que se repite ahora durante el salmo de la Santa misa. Dicha tarea, nos ha recordado Benedicto XVI, hoy se debe realizar en dos vertientes: “Ad gentes”, es decir, compartir la alegría del Evangelio con aquellos que no conocen a Jesús; pero también como “Nueva Evangelización”, que significa ayudar a reencontrarse con Jesús, a aquellos que un día fueron bautizados, pero que ahora viven como si Dios no existiera (Homilia, 7 de octubre del 2012).

Tristemente a veces menospreciamos la alegría y el buen entendimiento de vida que ofrece el Evangelio; esto, debido a que olvidamos que el “Evangelio responde a las necesidades más profundas de la persona, porque todos hemos sido creados para lo que el Evangelio nos propone: la amistad con Jesús y el amor fraterno” (Francisco, E. G. 265). Sin esa convicción, ni nos entusiasmos por entenderlo y ni mucho menos nos comprometemos a compartirlo. Pero, “cuando se logra expresar adecuadamente y con belleza el contendido esencial del Evangelio, seguramente ese mensaje hablará a las búsquedas más hondas de los corazones” (ibídem).

De ahí la invitación del Papa Francisco y que viene muy a tono con el Domingo Mundial de las misiones; nos pide que recuperemos la fibra, la esencia de Evangelio, que es el amor misericordioso de Dios, esa es la verdad más grande que podemos compartir con el mundo: “La Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio, que por su medio debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona” (Misericordiea Vultus, 12). Esa debe ser la convicción más profunda y sólida que debe mover al creyente para dejarse encontrar por Dios y para ayudar a otros a que también se dejen conquistar por Él.

La Iglesia es depositaria de un tesoro divino, “el tesoro de la fe, que tiene por esencia el amor misericordioso de Dios”; de ese tesoro vivimos desde el bautismo, de ese tesoro nos seguimos nutriendo por la oración y por los sacramentos, en él nos adentramos cuando meditamos la Palabra de la Verdad; pero además, la fe es un tesoro que debemos compartir, pues así fue el mandato de Cristo: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio”, es decir, háblenles y contágienles del amor de Dios.

Ese amor exige una respuesta, un cambio de vida, que humanice y transforme, que facilite el encuentro verdaderamente humano, por eso las etapas de crecimiento en la fe que nos presenta el Papa Francisco, tomadas del Evangelio: “No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados, perdonen y serán perdonados. Den y se les dará” (Lc. 6, 37-38). Bajo ese proceso, que es un modo de vida, el Evangelio será creíble para todos, de lo contrario lo presentaremos como una doctrina más. Bajo una mística de vida de este nivel, el amor divino será algo palpable, algo tangible y atrayente. De este Evangelio, el mundo está sediento.

Cuando el Papa Benedicto XVI nos convocó al año de la fe, nos dijo que era necesario “redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe”. Y aclaraba, “la fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo” (Porta Fidei, 7). Refrendemos hoy esta tarea, a propósito del Domingo Mundial de las misiones.

El ser humano busca soluciones, respuestas, felicidad, cosas nuevas, y a pesar de que hoy hablamos de un enorme desarrollo y un sin fin de oportunidades, el corazón de muchos parece no encontrar plena satisfacción en nada; pero tenemos el ejemplo de San Agustín, para quien su vida fue una constante búsqueda hasta que su corazón encontró a Dios.

Que Dios nos gane con su amor y que le ayudemos a que otros también toquen ese amor divino. Ese es el amor que nunca desaparece, a pesar de nuestras caídas.

Pbro. Carlos Sandoval Rangel
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