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Su trono una cruz, su corona unas espinas



Desde las perspectivas muy humanas y modernas, qué difícil entender que Cristo pueda ser nuestro Rey. ¿Él, qué sabe de estrategias económicas y políticas actuales? ¿Él, qué entiende de desarrollo científico y técnico? ¿Y un joven cibernético, con altos ideales de éxito, hambriento de conquistar el mundo, podrá sentirse identificado con un Rey como Jesús? Además, ¿al mundo de hoy, le podrá atraer un rey que ha hecho de una Cruz su trono y que su corona es de espinas?

Pues hay a quienes, a pesar de que el evangelio no presente las mejores estrategias técnicas modernas, Jesús sí les convence como Rey. Aunque por desgracia, también para muchos Jesús si se vuelve simplemente insignificante y en algunos casos se llega incluso al rechazo frontal contra todo aspecto religioso. En el fondo, en muchos casos, lo que realmente se esconde es la mediocridad, la ignorancia o hasta la soberbia.

Cuando el pecado se apodera del interior, cuando se traduce en soberbia, cuando ciega la inteligencia y debilita la voluntad, la persona humana puede llegar a lo más atrevido: “Desafiar al mismo Dios”. A lo largo de la historia, la soberbia ha imperado en muchos corazones, pero desgraciadamente en la época moderna y contemporánea ésta se ha asumido como un fenómeno social dominante. Se ha hecho más caso a los profetas de la muerte, que a la sabiduría divina. De muchos modos se ha permitido que crezca el imperio de las ideologías que abogan por la cultura de la muerte. Por eso, hoy, se empieza a hacer hábito cosechar lo absurdo, la mentira, el engaño, la violencia, el terror, etc.

El poder ciego condenó a Cristo a la muerte, sin saber que lo único que hacían era construirle el trono más alto y más duradero: “La cruz”, en adelante sede del amor divino. Movidos por el pecado, ahí lo quisimos poner los humanos, pero Él desde ahí nos sigue conquistando y mostrando lo más sublime: el perdón divino. El perdón que sana el corazón.

Si en el tiempo de Jesús, los líderes religiosos judíos y el mismo Pilatos hubieran abierto su corazón a las propuestas de Jesús, sus propias tareas religiosas y civiles, respectivamente, hubieran tomado otras dimensiones. Las mismas estrategias económicas y políticas actuales, sostenidas con la verdad y el amor que emanan de Dios, darían cuentas más aplaudibles en bien de la humanidad.

Jesús vino para reinar y frente a Pilatos aclara el carácter de su reinado: “Tú lo has dicho”, le dice a Pilatos. “Soy Rey. Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz” (Jn. 18, 37). De ahí la dificultad de entender a Cristo como Rey, pues si el relativismo actual nos lleva a pensar que cada quien tiene su verdad y lucha ciegamente por ella, cómo lograr un entendimiento entre los humanos.

El evangelio nos presenta a un Pilatos que, débil de carácter y presionado por otros, cree condenar a Jesús, pero en realidad el condenado no es Jesús, sino aquellos que se privan de la verdad plena, pensando que pueden vivir en su visión muy individual. De ahí que la Cruz es símbolo de salvación, pues Cristo la asumió para vencer al enemigo más grande: El odio, el pecado, la indiferencia, que generan muerte.

La Cruz representa la obediencia a la verdad; la verdad que facilita el entendimiento con Dios, con las personas y con el mundo entero. La Cruz representa el amor que renuncia a todo lo que lastima, que quita los muros que separan. Por eso Cristo no podría encontrar un lugar más adecuado para ser proclamado Rey.

Decidamos libremente si hacemos de Cristo nuestro Rey o simplemente nos mantenemos al margen. Decir que sí, significa comprometernos a vivir fieles a la verdad, así como ésta emana de la sabiduría divina. Significa estar dispuestos a dejarnos amar por Dios, como Él quiere amarnos. Significa decirle al Señor Jesús que Él mande en nuestro pensar, para que éste sea conforme a la verdad, que mande en nuestro corazón para que nuestros sentimientos sean un motivo de encuentro saludable y decirle que disponga de nuestra voluntad para que nuestras decisiones sean siempre para bien, a ejemplo suyo, no importando que a veces eso implique una dolorosa cruz.

Los reinados temporales, se doblegan con la muerte, los reinados desde la verdad y el amor se eternizan, pues se sustentan en Cristo que es Alfa y Omega, el principio y el fin de todo (cfr. Apocalipsis, 1, 8). ¡Viva Cristo Rey!

Pbro. Carlos Sandoval Rangel
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