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La ceguera más grave es la del que no quiere ver


IV domingo de Cuaresma

Cristo no vino al mundo para hacer milagros, pero se vale de ellos para mostrarnos la grandeza del poder divino, para ayudarnos a entender la bondad de Dios y para abrirnos hacia un nuevo entendimiento de la fe. En ese sentido, el evangelio de San Juan nos presenta uno de los milagros más significativos de la vida pública de Jesús, la curación de un ciego de nacimiento (Jn. 9, 1-41). Para empezar, había la idea de que quien padecía una enfermedad así, era porque estaba pagando un castigo a causa de un pecado personal o de algún familiar, de ahí que, al verlo, de inmediato los discípulos preguntan a Jesús: “Maestro, ¿Quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres?” (Jn. 9, 2). Jesús, sin más, aprovecha para acabar con esa idea y abrirlos a una comprensión diferente sobre la enfermedad: “Ni él pecó, ni tampoco sus padres, nació así, para que en él se manifestaran las obras de Dios” (Jn. 9, 3). Cabe también mencionar que aquel hombre nunca pidió ser curado, es Jesús quien toma la iniciativa de curarlo, mostrando que viene para buscar a quien lo necesita.

Pero la parte principal del milagro está en toda la situación que genera dicha curación: Rápido curre la novedad de que el que nació ciego ahora ve, pero también de inmediato quedan al descubierto las diversas posturas ante Jesús y sus milagros. Unos se admiran, preguntan y creen, lo que indica que la curación permitió que el ciego abriera los ojos  para ver físicamente al mundo y a las demás personas, pero lo más importante fue que su curación fue motivo para que él y muchos más vieran más allá de las dimensiones sensibles, que muchos abrieran los ojos de la fe, la cual nos permite ver a Dios y ver la vida desde Dios. El milagro permitió a muchos entrar al mundo de la interioridad, del amor y de la fe en la presencia divina, mostrada en Jesús.

Pero qué lamentable cuando el corazón se cierra voluntariamente en sí mismos y se obstina en no querer reconocer lo que es totalmente evidente, como sucedió con los fariseos. El pecado de los fariseos y de tantos más en el mundo, escribe San José María Escrivá, “no consiste en no ver en Cristo a Dios… sino en no tolerar que Jesús, que es la luz, les abra los ojos” (Es Cristo que pasa, n. 71). Los fariseos, ciegos, echan fuera de la sinagoga al que fue curado; pero Jesús lo acoge y lo introduce en la fe: “¿crees tú en el Hijo del hombre? ¿Y quién es, Señor, para que crea en él? Le dijo Jesús: ya lo has visto; el que está hablando contigo, ése es. Y él exclamó: Creo, Señor. Y postrándose lo adoró” (Jn. 9, 35-38).

Frente a la contundencia con que Jesús manifiesta la salvación, no quedan opciones: o definitivamente le permitimos que nos abra al entendimiento de la fe, para conocer a Dios tal cual es o simplemente seguimos empeñados en encerrar a Dios en nuestras pequeñas fórmulas y nos engañamos pensando que la medida de Dios debe ser de acuerdo a nuestro pobre modo de ver las cosas. Por eso el mismo Jesús dice: “Yo he venido a este mundo para que se definan los campos: para que los ciegos vean, y los que ven queden ciegos” (Jn. 9, 39).

No nos aferremos a no querer ver, mejor pidamos a Jesús que nos conceda la luz de la fe verdadera. Que el Señor nos conceda la fe sencilla del ciego de nacimiento quien, como dice San Agustín: “Lavada finalmente la faz del corazón y purificada la conciencia, reconoce a Jesús, no sólo como hijo de hombre, sino Hijo de Dios” (Comentario al Evangelio de San Juan, 44, 15). Hasta ahí puede llegar también nuestra fe.

Pbro. Carlos Sandoval Rangel
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